USTED CREA SU PROPIA EXPERIENCIA
(Phillip Mc Graw)
El sembrador puede equivocarse y echar sus semillas en una línea torcida; las semillas no se equivocan, sino que brotan y muestran cómo es esa línea.
Ralph Waldo Emerson
Su estrategia: admitir y asumir que es responsable de su vida. Comprender su función de creador de los resultados que la integran. Aprender a elegir mejor con el fin de sacar lo mejor.
Esta ley es sencilla: usted es responsable de su vida, el dueño de lo bueno y lo malo, de los éxitos y los fracasos, de las alegrías y las tristezas, de lo justo y lo injusto.
Usted es responsable ahora, lo fue antes y lo será siempre. Así son las cosas. Quizá preferiría que fuesen de otra manera, pero no lo son.
Ruego que se me entienda. Esto no se postula a título de ?proposición general?. No se presenta como una teoría. Digo que usted es quien crea los resultados de su vida. Y no alguna que otra vez, sino siempre. Si no le gusta su trabajo, usted es el responsable. Si sus relaciones son un desastre, usted es el responsable. Si anda sobrado o sobrada de peso, usted es el responsable. Si no confía en los individuos del sexo opuesto, usted es el responsable. Si no es feliz, usted es responsable. Cualesquiera que sean las circunstancias de su vida, si admite esa ley significará que no puede seguir eludiendo la responsabilidad de cómo y por qué su vida es como es. Y es una responsabilidad que no se asume sólo con declarar, de labios para afuera, ?sí, soy responsable y lo asumo?.
Permita que le explique por qué es tan importante. Si no admite la responsabilidad, diagnosticará equivocadamente todos los problemas que se le presenten. Si los diagnostica mal, su actuación será errónea. Y cuando la actuación es equivocada la situación no mejora. Así de claro y sencillo. Aunque usted no crea que pueda existir un vínculo directo entre sus problemas y su carácter, crea que así es y siga profundizando hasta que vea cuál ha sido su papel en la creación de los problemas. Le aseguro que lo hay. Puede creerlo.
Puesto que esta ley es una verdad absoluta, así es como funciona el mundo, guste o no, el que pretenda resistirse o negarla se condena a permanecer en los dominios de la fantasía. Si uno se convence de que es una víctima, por supuesto que para él no habrá progreso, ni curación, ni victoria. El que rehuye la responsabilidad no pone manos a la obra para tomar el control de su vida. Si usted desea verdaderamente cambiar y admite que cada uno de nosotros es el creador de su propia experiencia, conviene que analice lo que hizo o dejó de hacer para que aparecieran aquellos resultados indeseables. Reconocer sinceramente la responsabilidad significa que debemos estar dispuestos a responder a preguntas como las siguientes:
No crea que éstos sean artificios retóricos de autor. Léalo como si estuviese hablando cara a cara conmigo. En cualquier aspecto de su vida, si está enfadado, ofendido o descontento de alguna manera, esos sentimientos son suyos y usted es el responsable de que estén presentes en su vida.
Hay muchas maneras de hacerse la víctima. Están los que se empeñan en que se les hizo una mala pasada, o se cometió una injusticia con ellos, o fueron especialmente maltratados. Otra postura, con mucho la más corriente, es la de los que están convencidos de tener razón, de que no la tiene quien se halla en desacuerdo con ellos, y por consiguiente no es culpa suya si los asuntos han quedado en un callejón sin salida. Sin embargo, y aunque fuese cierto que usted tiene razón y que ellos están equivocados, el problema sigue siendo suyo. Y yo le preguntaría entonces:
Si tiene usted razón, si es usted tan listo, ¿por qué no consigue los resultados que ambiciona?
Balance final: usted no es ninguna víctima. Es el creador de las situaciones en que se encuentra, de las emociones que resultan de dichas situaciones. Esto no es teoría, es la vida misma. Debe disponerse a cambiar de actitud, y aunque parezca difícil o inusual, asumir el hecho de que usted es el origen del problema. Pero ésa no es una novedad únicamente negativa. Al admitir el papel que usted mismo ha desempeñado en la aparición de sus problemas, al aceptar su responsabilidad, significa que ha captado la onda y significa asimismo que ha comprendido que las soluciones están dentro de usted. Mientras todo el mundo culpa a los demás para no tener que asumir la responsabilidad de lo que anda mal en su vida, usted en cambio va orientado al remedio, fijo como un misil guiado por láser. Por tanto, emprenderá únicamente aquello que de verdad le sirva para cambiar su vida. Esto le proporciona una tremenda ventaja inicial. Hoy será para usted el toque de diana de una nueva era. Deje de buscar las soluciones en lugares equivocados.
Si no se acepta esa ley, no hay trato. No vale decir: ?Sí, Phil, ahora acepto la ley y voy a empezar a crear mi propia experiencia?. Esa idea apunta en la dirección correcta, pero no basta. Usted tiene que comprender que eso es lo que viene haciendo desde siempre, crear su propia experiencia. ¿Por qué es importante que entienda ese concepto? Porque al repasar retrospectivamente la historia de su vida, es preciso reubicar la realidad, ponerla en una perspectiva más exacta, redefinir la responsabilidad de los resultados. ¿Cómo nos hemos portado, y cómo fuimos a para adonde estamos ahora?
1ª misión: si va a reconsiderar su vida desde el punto de vista de la responsabilidad, un buen punto para empezar podría ser una reevaluación de esa historia en la que se había reservado, al menos mentalmente, el papel de víctima. Sería buena idea comenzar su diario en ese punto y, remontándose hacia atrás para recorrer las diversas etapas de su vida, identificar los cinco momentos más significativos en que, antes de ahora, se sintió victimizado, maltratado u objeto de algún tipo de injusticia. Describa estas situaciones con el grado de detalle suficiente para revivir las emociones que sintió entonces. Después de cada descripción deje un amplio espacio en blanco. Luego escribiremos ahí otras cosas.
En los espacios que dejó en blanco voy a pedirle que identifique de qué maneras fue usted responsable de los malos resultados en las diversas situaciones. Tal vez algo que hizo, o tal vez lo que dejó de hacer, o quizá se programó usted mismo para ese resultado, o dejó de prestar atención a determinadas señales de alarma. En cualquier caso, practique su nueva actitud sometiendo a reevaluación esos cinco instantes críticos de su vida en que tuvo usted la seguridad de estar siendo víctima de un mundo injusto o incomprensivo. No crea que éste sea un ejercicio superficial, ni un pasatiempo. Empezar a vivir como una persona responsable implica empezar a pensar como una persona responsable. Este ejercicio será de gran trascendencia para la formulación de estrategias cara al futuro, a una vida en que usted ocupará el asiento del conductor, en vez de viajar como pasajero.
La consecuencia inmediata que quiero surta esta ley es que se ponga usted a mirar en la dirección justa, y no en millones de direcciones equivocadas, cuando busque las soluciones para sus problemas. Que deje de decirse ?¿por qué me hacen esto?? y empiece a decirse: ?¿Por qué hago esto conmigo mismo? ¿Qué modos de pensar, conductas y opciones voy a cambiar para conseguir otro resultado diferente?? Como sugieren estas mismas preguntas, no es ahora cuando comienza a crear las experiencias de su vida; lo hizo siempre, y por eso tiene la responsabilidad de los resultados, buenos o malos. Ahora que sabe esto, ahora que lo ha admitido conscientemente, puede optar por cambiar de manera activa, deliberada, los resultados y las experiencias que crea.
Conforme vayamos avanzando en este libro, iremos creando y preparando la vida de usted con arreglo a un designio. Lo que se crea es el planteamiento estratégico que va a permitirle vivir la vida y conseguir resultados como desea. En esa estrategia, el reconocimiento de la responsabilidad propia es un componente indispensable. Debe pasar a formar parte de su fuero interno como cosa propia, a partir de ahora mismo. Exprese dicha resolución en su manera de analizar los acontecimientos de su vida. Y luego, volviendo la mirada adelante, exprésela en las elecciones que haga.
Es preciso fijar la atención donde corresponde: en las elecciones y las conductas propias, aquí y ahora. Si lo hace no se preguntará por qué su vida es tal como es, sino que se dirá: ?¿Por qué no? ¿Cómo podría ser de otra manera?? Una vez entendidas las leyes de vida que la controlan y le dan la forma que tiene, usted se dirá: ?No tengo motivo para suponer que mi vida podía ser distinta de lo que es. En vista de lo que sé ahora, veo por qué estoy deprimido, veo por qué soy un alcohólico, veo por qué me he casado tres veces, veo por qué estoy empantanado en un puesto de trabajo inferior a mis posibilidades. Antes no conocía los principios que sellaron mi destino, pero ahora que los conozco, puedo adaptarme a ellos y trabajar con el sistema. Me había programado a mí mismo para el fracaso, no para el éxito. Pero no volverá a suceder?.
Sé que esta línea de razonamiento choca con muchas creencias convencionales. Ciertamente contradice prácticamente todas las explicaciones del comportamiento que la sociedad propugna actualmente. Al fin y al cabo, es más fácil decirnos que todo nos pasa por culpa de nuestros padres, o por culpa de nuestros maestros, o por mala suerte, o por no sé qué tipo de deuda cósmica. Cuando digo que es más fácil echarle la culpa a otro, me refiero únicamente a que es más fácil no asumir la responsabilidad. Que otra persona u otros factores sean los responsables: de esa manera no tendremos que exigirnos nada. Nosotros somos las víctimas.
Mucho se ha escrito acerca de familias patógenas, familias disfuncionales, de las consecuencias incapacitantes de las sevicias infligidas a los menores, tanto sexuales como verbales o físicas. Esos libros le dirán que se le ha robado a usted la infancia y que dentro de usted vive un niño prisionero que pugna por salir. Cuando leemos teorías que transmiten, más o menos disfrazado, el mensaje de que nosotros no somos los responsables, la sensación es de alivio? momentáneo, claro está. Deseamos con desesperación creer lo que dicen esos libros, porque alivian en apariencia la carga que nos ha tocado llevar. En un análisis superficial se diría que tienen razón; en cambio, el decirse uno mismo ?soy responsable? añade incertidumbre. Por supuesto usted no se perjudicaría deliberadamente a sí mismo; luego la culpa debe estar en otra parte. Y cuando uno afirma que la culpa es de otras personas que estuvieron en el asunto, ¿quién va a discutírselo? Uno está dolido: alguien le ha hecho daño, por tanto habrán sido otros, no uno mismo. Parece de sentido común que nadie se hace daño a sí mismo, y sin embargo no lo es. Si uno es un adulto, si no depende de nadie, ni está loco, ni padece ningún tumor cerebral ni otra dolencia que le impida pensar por su cuenta, entonces uno es responsable.
Si le resulta difícil admitir esto, crea que no es usted el único. De los pacientes a quienes he tratado, de los participantes en cursillos a quienes he enseñado y de los amigos que acudieron a llorar sobre mi hombro o me pidieron más o menos expresamente consejo, la gran mayoría culpaban de sus infortunios a otros, o bien a tal o cual circunstancia. Pero usted no pierda de vista su meta. Es preciso asimilar y adaptarse a la realidad de esa ley, aunque atemorice o sea desagradable, si quiere uno contar con ventaja decisiva. Hay que ser un realista férreo para llamar a las cosas como son y no como uno quisiera que fuesen. Lo contrario sería meter palos en las ruedas de nuestra eficacia y salirse del camino en la búsqueda de respuestas o soluciones.
El problema estriba en que forma parte de la propia naturaleza humana el culpar a los demás. Rehuir responsabilidades es mero instinto de conservación. Si pasa algo, no queremos que sea responsabilidad nuestra, así que recurriremos a una infinidad de argumentos y justificaciones para explicar por qué no lo es. Lo dicho rige sobre todo cuando la cuestión afecta a los aspectos más emotivos de la vida. Intente recordar cuántas veces habrá escuchado a una persona amiga en trance de divorcio describiendo cómo su pareja es la culpable y la persona más embustera, injusta y maliciosa del mundo. Una vez la cólera o el amor propio herido entran en la combinación, la objetividad queda sacrificada en aras del instinto de autoconservación. Cuando juzgamos a alguien con apasionamiento, la capacidad autocrítica simplemente desaparece. Si de veras quiere llegar a controlar su vida, su mejor oportunidad es prescindir desde ahora de ese tipo de razonamiento. No caiga en la tentación de cargar las responsabilidades a los demás, o estará condenando de antemano al fracaso todos sus esfuerzos por convertirse en un ganador.
Imagine que ha perdido las llaves y anda buscándolas por toda la casa. Usted registra todos los cajones, bolsillos, estanterías y rincones, de arriba abajo. Es un esfuerzo heroico por encontrar esas llaves. Usted se convierte en un experto descubridor de llaves. Pero ahora supongamos que esas llaves han quedado colgando en el contacto del coche y por tanto no están dentro de la casa. Por completa que sea la búsqueda y por mucho tiempo y constancia que le dedique, no va a encontrar las llaves en la casa, porque no están ahí. De manera similar, cuando uno se propone buscar en otras personas las causas de sus problemas, no las va a encontrar porque no están ahí. Están dentro de uno mismo.
En un mundo competitivo, el asumir las responsabilidades puede ser lo único que marque la diferencia. Cuando uno ha decidido que sólo uno mismo puede sacarle de los apuros, dejará de besar sapos en el intento de descubrir al príncipe encantado, y pondrá manos a la obra para la resolución de sus problemas.
Nunca los resolverá echando la culpa a otra persona. Eso es lo que hacen los perdedores. No lo haga sólo porque resulta doloroso encarar la verdad. Usted es el que hizo el estropicio. Cuanto antes lo admita, más pronto empezará a mejorar su vida. Admítalo. No importa a quién desee culpar.
Usted hizo la elección.
Usted no se considero digno.
Usted dijo esas palabras.
Usted quiso dejarlo.
Usted se conformó con poco.
Usted les dejó que volvieran.
Usted quiso tener niños.
Usted ha vendido sus sueños.
Usted se rebajó a sí mismo.
Usted eligió ese puesto de trabajo.
Usted quiso el maldito perro.
Usted permitió que le avasallaran.
Usted confió en ese granuja.
Usted decidió mudarse.
Usted lo olvidó en el frigorífico.
Usted lo dejó entrar.
Usted compró ese condenado trasto.
Usted se ha casado con él.
Usted lo comió.
Usted canceló el asunto.
Usted se dejó persuadir.
Usted la invitó.
Usted lo preguntó.
Usted eligió los sentimientos.
Usted le hizo caso.
Procuro no ser dogmático ni reiterativo, pero es que apenas cabe exagerar el poder abrumador que esa actitud ejerce sobre nuestro ánimo. Admitir y asumir esta ley equivale a desprenderse de la que tal vez haya sido la principal actitud defensiva que ha venido utilizando toda la vida. Al verse obligado a hacer algo que puede parecerle difícil e injusto, recuerde un punto importante acerca de esta ley: yo no he dicho que usted sea culpable de nada. He dicho ?responsable?, y hay una gran diferencia entre culpabilidad y responsabilidad. El culpable es aquel que obra a propósito, intencionadamente, o con desprecio de las consecuencias. En cambio, responsabilidad significa que uno actuó de cierta manera, aunque pudo elegir otra. La responsabilidad no implica intencionalidad, ni desconsideración. Sólo que alguien hizo o dejó de hacer, y eso condujo a determinado resultado.
Si estando de juerga con unos amigos yo salto con ambos pies sobre una silla y la rompo, he sido imprudente y desconsiderado con la propiedad ajena. He de asumir la responsabilidad por el daño, más aún, soy culpable y merezco una censura. Pero supongamos ahora que no he hecho más que sentarme en esa silla, que se ha roto. Soy el responsable del daño, aunque la haya usado para el fin a que estaba destinada y no tuviese ninguna intención de romperla. Aunque no soy culpable y no merezco reprimenda, como sería el caso si la hubiese roto con mala intención, eso no quita que sea el responsable.
Por tanto, no digo que las conductas contraproducentes o las elecciones desafortunadas de la vida pasada de usted merezcan censura. Únicamente le invito a considerar que usted hizo esas elecciones, y llevó a cabo esos actos, y por consiguiente, usted y sólo usted es el responsable de los resultados.
Recordemos el aforismo de Maya Angelou sobre los hechos pasados: ?Hiciste lo que sabías hacer, y cuando supiste más, lo hiciste mejor?. A este punto quería llevarle en la valoración de su propia conducta. Lo que hizo en el pasado, lo hizo según su saber y entender. Usted lo hizo, usted es responsable. Confío en que según vayamos progresando en este libro, irá sabiendo más y lo hará mejor. En todo caso, usted es y seguirá siendo el responsable de ello.
¿Y de las cosas que me ocurrieron en mi infancia? No ignoro que ciertas realidades, a veces sórdidas o terribles, nos sobrevinieron cuando éramos niños, ni digo que el infante pueda elegir todos los acontecimientos ni las circunstancias de su vida. No elegimos a nuestros padres. No decidimos ser violados, maltratados ni explotados y, por tanto, no somos culpables ni responsables de ello. Eso no lo he dicho. Lo que digo es que, si bien de niños no teníamos el conocimiento ni el poder de realizar determinadas elecciones y por tanto no se nos puede tener por responsables de aquellos acontecimientos, de adultos si podemos elegir nuestra reacción ante los acontecimientos y las circunstancias de la infancia. Hay que admitir la premisa de que el único tiempo válido es ahora. El pasado es pretérito y el futuro aún no llegó. Aquí sentado, en este momento concreto de su vida de adulto, usted y sólo usted puede elegir cómo reacciona a los acontecimientos de su vida anterior.
Si uno sufrió la tragedia de ser violado o maltratado de niño, las estadísticas nos dicen que el agresor sería probablemente una persona de la familia o un amigo de confianza. Lo cual implica la concurrencia simultánea de numerosas violaciones (la física, la mental y la emocional). Pero si en el momento actual uno elige sentirse contaminado por aquellos acontecimientos y decide no confiar en nadie y rechazar la intimidad adulta y la sana expresión de la sexualidad, entonces uno es dueño de esa elección y responsable de lo que resulte de ella para su vida de adulto. ¿Es justo que le haya pasado eso? No. ¿Es justo que deba cargar con esos hechos y sus repercusiones para el resto de su vida? No. Y sin embargo, no deja de ser responsable por la manera en que carga con ellos y sus repercusiones.
Como siempre, aquí la responsabilidad tiene un aspecto positivo y otro negativo. Lo negativo es que uno lleva la carga. Lo positivo es que puede elegir.
En otro lugar anterior he tenido ocasión de comentar el comportamiento epidémico. El ajuste de cuentas vital en general y el derivado del comportamiento epidémico en particular pueden producirse de dos maneras. Los sueños, los proyectos, las oportunidades, la autoestima a veces se hunden y desvaneces en un abrir y cerrar de ojos; otras veces van deteriorándose poco a poco, pedazo a pedazo. De lo primero he visto casos en los tribunales así como en la vida corriente.
Ante los tribunales, en el breve tiempo que se tarda en leer una sentencia uno se ve enfrentado a las consecuencias definitivas de todas esas elecciones equivocadas. La responsabilidad cae sobre uno como un solo golpe de martillo inapelable. Se va a perder una libertad, o una fortuna va a cambiar de manos. Es dramático, espectacular muchas veces. Los telediarios se encargan de proclamarlo al mundo entero, y en efecto parece como si todo el mundo estuviera viéndolo. Después de ojear los titulares, los que no estamos en el asunto meneamos la cabeza y luego volvemos a nuestros quehaceres, a lo que ocupa nuestra vida. En cambio, para los responsables de aquellas elecciones equivocadas, de haber actuado sin una buena estrategia, la vida nunca volverá a ser igual.
También la vida corriente ofrece ejemplos de destinos que cambian de una manera, diríamos, fulgurante. El amante desdeñado que aprieta el gatillo, el piloto que emprende una maniobra equivocada, el adolescente que inicia con su novia un viaje hacia la muerte al salir de una fiesta, cargados de copas e incapacitados para conducir. En estos casos el ajuste de cuentas sobreviene repentino, severo, ineluctable.
Pero hay otra clase de ajustes de cuentas, una clase que usted probablemente reconocerá. Es mucho más lento y silencioso que el otro, de una sutileza insidiosa, pero no menos catastrófico. Es lo que ocurre cuando una vida va secándose largamente, poco a poco, día tras día. Ahí no van las cámaras de la televisión, pendientes de todos los detalles, ni los periodistas dispuestos a hacer la crónica de lo ocurrido. Ni un solo acontecimiento de la cadena tiene espectacularidad suficiente para llamar la atención de nadie. El único testigo es uno mismo, mientras contempla toda una vida plagada de elecciones equivocadas y se da cuenta de las muchas veces que ha incurrido en componendas, que se ha quedado estancado, y ve cómo sus sueños se erosionan o quedan poco a poco desvirtuados. Durante semanas, meses y años las preguntas se reiteran, corrosivas: ?¿Cómo he podido hacerme esto a mí mismo?? ?¿Cómo he llegado a esto?? ?¿Qué ha pasado con mi vida, con mis proyectos?? ?¿Por qué me he dejado llevar por la rutina?? Como un temporal sin truenos ni relámpagos, pero no por ello menos violento, este segundo tipo de ajuste de cuentas también arrasa.
Como esta ley de la responsabilidad es tan fundamental y tan decisiva en orden a las consecuencias, procede que examinemos con detenimiento el método real por el cual creamos nuestra propia experiencia. Usted crea su propia experiencia por acción y efecto de las elecciones que realiza todos los días. En virtud de ellas se crea la experiencia porque cada elección acarrea determinadas consecuencias. Vamos a resumir:
· El que elige el comportamiento, elige las consecuencias.
· El que elige los pensamientos, elige las consecuencias.
· El que elige los pensamientos, elige la fisiología.
Los tres postulados se resumen en uno: el que juega, pone prenda. De cualquier modo que elijamos en este mundo, las elecciones traen resultados. Estos resultados se acumulan para definir la experiencia que usted tiene de este mundo. Ellos son su experiencia. Si uno eligiese un comportamiento verdaderamente estúpido, es muy probable que experimente consecuencias severas de tipo negativo. Si elige vivir con temeridad, sin prestar atención a su seguridad personal, ha elegido las probables consecuencias en forma de accidentes y lesiones. Si elige convivir con una pareja neurótica y destructiva, sufrirá las consecuencias en forma de padecimiento y sequedad emocional. Si elige la línea de conducta consistente en abusar de las drogas y el alcohol, está creando lo que va a ser la experiencia de un mundo siniestro y enfermo.
Los pensamientos también son conducta. Los pensamientos que uno elige contribuyen a dar forma a sus experiencias, porque cuando uno elige sus pensamientos elige las consecuencias que van aparejadas con esos pensamientos. Si uno tiende a denigrarse o degradarse, habrá elegido las consecuencias en forma de baja autoestima y poca o ninguna seguridad en sí mismo. Si elige pensamientos contaminados de resentimiento y amargura, habrá creado una experiencia de alienación, aislamiento y hostilidad.
Y no es posible comentar las consecuencias sin tener en cuenta la conexión cuerpo-mente. Cuando uno elige unos pensamientos, también elige los eventos fisiológicos que van aparejados con esos pensamientos. Cada uno de los pensamientos que pasan por nuestra mente produce, al unísono, un evento fisiológico. Imagine que está mordiendo un pepinillo encurtido, gordo, lozano: se huele el condimento de vinagre y eneldo, se oye el crujido del primer mordisco, se saborea el vinagre y eneldo que llena la boca. ¿Qué ocurre? Apuesto a que ha aumentado la secreción de saliva. Así pues, usted ha experimentado un cambio fisiológico bucal con sólo evocar las sensaciones.
Otro ejemplo: recuerde aquella noche en que camino por una calle a oscuras, o tal vez se metió con su coche en un aparcamiento desierto y mal iluminado. De súbito, oyó un ruido a su espalda. Su organismo reaccionó al instante. Se le erizó el vello de la nuca y los antebrazos, el ritmo cardíaco se aceleró y todos sus sentidos se pusieron alerta, como si el cuerpo entero se hubiese convertido en un solo nervio tenso como una cuerda de guitarra. Nadie le ha tocado, nadie le ha hecho nada. Lo único que ha ocurrido es que usted concibió un pensamiento: ?¡Estoy en peligro!? Y esa idea abstracta ha bastado para producir unos cambios fisiológicos tangibles y hasta espectaculares. Creo que es una ingenuidad negar que todos los pensamientos van acompañados de cierta reacción fisiológica.
Hay en esto una conexión tan poderosa que vale la pena prestarle atención, porque nuestra fisiología determina el nivel de energía y la disposición para actuar. Si el diálogo interno es negativo y falta confianza en los propios recursos, la predisposición fisiológica resultante será también negativa. El pensamiento depresivo quita energía y capacidad. El organismo obedecerá a ese mensaje de su ordenador central. La manera en que se programa usted a sí mismo en su mente, su conducta y su fisiología determinará su manera particular de pasar por la vida.
Fíjese en el modo en que sus pensamientos le programan. Todos tenemos diálogos con otras personas en el decurso de la jornada, pero el diálogo más activo y más constante es el que tenemos con nosotros mismos. Podremos tener encuentros con diez personas diferentes durante todo el día, pero nos acompañamos a nosotros mismos todo el tiempo, todos los días de la vida. Nos hablamos y nos programamos más que todas las demás influencias sumadas de nuestra vida. Algunas personas tienen una especie de cinta magnetofónica que se repite en sus cabezas continuamente. La pasan de principio a fin, y vuelta a empezar, a manera de bucle continuo. Si ese monólogo interno (con el que se programan a sí mismas) es negativo, ¿será de extrañar que esas personas presenten resultados deficientes? Cuando el diálogo interior de uno contiene ?proposiciones negativas?, se está creando a sí mismo unos impedimentos que no le hacían falta para nada. Como ejemplos típicos de proposiciones negativas podríamos citar:
No soy lo bastante listo.
Estas personas son mucho más interesantes y están más informadas que yo.
No valgo tanto como estas personas.
No tengo madera de triunfador y no triunfaré.
Siempre abandono antes de tiempo.
No importa lo que haga, no consigo marcar la diferencia.
Lo tienen decidido, y nada de lo que yo diga va a cambiarlo.
Yo hago como todo el mundo dice que se debe hacer, pero nada cambia.
Ahora se darán cuenta de lo tonto que soy.
Soy una mujer, y nunca hacen caso de nosotras.
Soy demasiado joven para esto.
Soy demasiado mayor para esto.
2ª misión: escriba en una tarjeta, y también en su diario, una lista de sus diez ?citas? más negativas. La tarjeta es para llevarla siempre encima. En cualquier momento que se pille escuchando otra cinta negativa, anótela en la tarjeta. Seguramente verá que necesita actualizarla con cierta frecuencia. Compruebe con qué frecuencia pasa usted sus cintas negativas durante la jornada. Una vez más, no se limite a leer esto sin hacer nada. El tomar apuntes de las enseñanzas es una técnica fundamental de todo estudio.
Ya hemos mencionado en términos generales el hecho de que cuando uno escoge un comportamiento o determinada manera de pensar, también escoge las consecuencias. Veamos ahora varios de los mecanismos concretos de interacción que dan lugar a los resultados de nuestra experiencia. Para empezar nos fijaremos en algunas de las opciones más corrientes a nuestro alcance, y cómo éstas crean los resultados en nuestra vida. En otras palabras, no quiero limitarme a postular ?el que elige el comportamiento elige las consecuencias? para dejarlo así, en un plano teórico. Estamos tratando de opciones del mundo real.
Usted elige dónde estar.
Usted elige cómo actuar.
Usted elige qué decir.
Usted elige qué hacer.
Usted elige con quién estar.
Usted elige en qué fijarse.
Usted elige qué creer.
Usted elige cuándo contemporizar.
Usted elige cuándo resistir.
Usted elige en quién confiar.
Usted elige a quién evitar.
Usted elige qué posturas manifestar en reacción a qué estímulos.
Usted elige lo que se dice a sí mismo acerca de:
Usted,
Los demás,
Los riesgos,
Las necesidades,
Los derechos.
Una de las elecciones más importantes que hace, y esto día a día, es cómo presentarse y definirse frente a otras personas. Todos tenemos una manera de ?estar en el mundo?. Todos tenemos una presencia, y una actitud, todos elegimos representar un personaje y demostrar cierta manera de hacer cuando tratamos con los demás. Algunas personalidades, otros estilos. Conviene prestar atención a estos aspectos, porque cuando uno se presenta a los demás de una manera determinada, con ello condiciona de antemano ciertas reacciones por parte de sus interlocutores. Todo lo que antecede significa que, conforme realiza usted estas elecciones y otras cien más, están dando forma a su experiencia del mundo. Y ellas determinan la manera en que el mundo, a su vez, reacciona frente a usted. Ampliamos más de cerca este proceso.
Reciprocidad
El principio de reciprocidad dice, sencillamente, que ?uno recoge lo que ha sembrado?. Las maneras, el estilo y el nivel que utilice usted para abordar a las personas determinarán las reacciones de éstas ante usted.
Claro está que la misma interacción podría desarrollarse a un nivel completamente distinto. Usted podría iniciar la conversación diciendo por ejemplo: ?¡Eh! Tienes mala cara, ¿te pasa algo?? De esta manera usted ha establecido un nivel de mayor confianza para la interacción y es posible que reciba una contestación más auténtica. Como usted ha abordado a la persona en un plano más íntimo, puede ocurrir que ella corresponda con una confesión más personal.
Hay una infinidad de estilos, maneras y niveles a nuestra disposición cuando tratamos con los demás, y no es forzoso presentarse siempre igual cuando las situaciones son distintas. Pero siempre subsiste una pauta invariable que define quién es usted a ojos del mundo. La suma total de esas interacciones es la que define las reacciones de los demás ante usted y, por consiguiente, la experiencia que usted tiene del mundo.
Es verdad que las personas tienen un estilo, que usted tiene un estilo, una ?manera de ser?. Oirá que los demás describen a terceras personas haciendo alusión a lo patente y visible: ?es un emprendedor?, ?es un cerebral?. Hay quien aborda la vida como un combate, siempre hostil, frecuentemente explosivo. Otros se ponen como felpudos dispuestos a ser pisoteados, y suelen conseguirlo. Nuestra actitud inicial dicta lo que vamos a recibir. Puede que usted esté quejoso de la manera en que le trata la gente, pero le aseguro que usted mismo la ha creado, lo mismo que todos los demás originamos las reacciones que obtenemos del mundo.
Valore con sinceridad su manera de presentarse, y empezará a comprender por qué el mundo reacciona en su presencia como lo hace.
El caso de Jennie
Hace algunos años asistía a uno de mis seminarios una mujer que durante su infancia y primera adolescencia había sido víctima de abusos deshonestos, y luego repetidamente violada por su abuelo. A sus cincuenta años de edad y más de treinta de casada cuando nos conocimos, Jennie me confesó sentirse mancillada, deshonrada e indigna de su esposo. Los ojos de aquella mujer de llamativa belleza se llenaban de lágrimas cuando contaba que no veía más que basura al contemplarse en el espejo, que su sexualidad le repugnaba y que odiaba su propio cuerpo. Confesó que la repugnancia contra sí misma era tan intensa que muchas veces sentía deseos de autolesionarse brazos y piernas con una hoja de afeitar o un cuchillo.
En su matrimonio la intimidad física y emocional con su marido le resultó prácticamente imposible ya que, según ella no tenía inconveniente en reconocer, la vida sexual le parecía sucia y degradante. El recuerdo de su abuelo todavía la dominaba a tal punto que con sólo pensar en él o en cualquier otro hombre afloraban de nuevo aquellas emociones. Cada vez que su marido se acercaba a ella, la intimidad vivenciada como amenaza la hacía temblar de pies a cabeza, y casi vomitar.
Pese a la paciencia inagotable de su muy enamorado esposo, a Jennie le parecía que lo ocurrido con su abuelo había arrojado sobre su vida una tara imborrable. Intelectualmente no tenía dificultad en admitir que la sexualidad es un don precioso del amor que el hombre y la mujer comparten, pero en su fuero interno estaba persuadida de que su abuelo le había robado ese don. Cuanto más trataba de reprimir su dolor y sus remordimientos, más presentes se hallaban, amenazando con arruinar su matrimonio y su autoestima. Apenas estaba en condiciones de enfrentarse al problema, ni de recordar siquiera a su abuelo (aunque hacía años que éste había fallecido) porque ?me hace demasiado daño?.
Recordaba que muchas veces había intentado contarle a su madre lo sucedido. Pero ésta montó en cólera y Jennie fue castigada por ?levantar calumnias? contra su abuelo, ?que tanto la quería?. Sola, asustada y sin nadie a quien confiarse, Jennie se encerró en sí misma y sufrió en silencio, llena de vergüenza: ?Lo tenía merecido por ser una chica mala?. Se sintió contaminada para siempre, temiendo que los demás notaran o adivinaran por qué era mala, y convencida de que se merecía todo cuanto le ocurriese.
Jennie me contó que tenía la sensación de hallarse encerrada en una celda fría y oscura. Una niña sola y muerta de miedo. Puesto que el castigo había recaído sobre ella y no sobre el abuelo, indudablemente la perversa debía ser ella. En el entierro del abuelo habían hablado varios destacados ?hombres de Dios? y todos certificaron que el difunto había sido un hombre de gran virtud y honestidad. En aquellos momentos deseó ponerse en pie y gritar: ?¡No! ¡No es verdad! ¡Me hizo daño!? Pero guardó silencio entonces, lo mismo que toda su vida, a solas con su dolor y su sentido de culpa.
En todo esto lo único positivo era el desesperado afán de Jennie por escapar de esa oscura prisión. Reconocía que había levantado un muro frente a su marido, y que ese muro resultaba odioso para ella misma. Necesité seis días de diálogo no siempre fácil, durante aquel seminario, para persuadir a Jennie de que su abuelo, hombre evidentemente perverso y desprovisto de escrúpulos, seguía controlándola desde la tumba.
A Jennie le resultaba muy difícil plantearse la cuestión desde esta perspectiva de rechazo directo. Tras un largo y difícil esfuerzo empezó a superar algunos de los comportamientos epidémicos de su vida. Hasta entonces se había negado a reconocer los acontecimientos de su infancia, como si quisiera ocultárselos incluso a sí misma. Evitaba la recurrencia de los estímulos dolorosos eliminando prácticamente de su matrimonio la actividad sexual. El escapar de aquel universo de negatividad de preveía doloroso y temible.
En tanto que mujer bella y dotada de vivo temperamento, Jennie había asumido de cara al mundo el papel de fortaleza. A ella acudían todas las amigas para pedirle consejo en las situaciones de borrasca emocional. Era la roca firme hacia quien todos se volvían en los momentos de dificultad. No podía revelar a nadie, ni siquiera a sí misma, que fuese en realidad una ?sanadora herida?, o se habría derrumbado el baluarte defensivo de su máscara social.
Superar esa inercia fue quizá la etapa más difícil de la tarea. A medida que el tema de sus vivencias infantiles pasaba a ocupar una parte cada vez más grande de su paso por el seminario, el terror y la parálisis alcanzaron proporciones devastadoras. Pero Jennie consiguió dominarlos y siguió progresando, aunque a trancas y barrancas, persuadida de que iba a ser aquella vez, o nunca. En el camino tendría que pasar por algunos pasillos oscuros donde saldrían a su encuentro monstruos no imaginarios, sino reales. Y aunque pudiese contar con el cariño y el apoyo de las personas que la rodeaban, tendría que recorrer ella sola esos pasillos.
Empezaba a comprender que había abdicado de su libre albedrío al permitir que su abuelo ejerciese un control maléfico sobre su vida matrimonial y también sobre la imagen que ella tenía de sí misma. Que el permitir la continuidad de ese control venía a ser casi como si hubiesen continuado las violaciones. Seguía negándole todo el bienestar y la conciencia de la propia valía a que tenía derecho.
El reto más terrible para Jennie era que el dolor la había tenido prisionera demasiado tiempo. Al contemplarla, con la cabeza baja y llorando, tan pequeña y desvalida, sentí deseos de rodearla con mis brazos para consolarla. Pero no lo hice, pues el realista que hay dentro de mí me advirtió que nunca escaparía de aquella prisión emocional ni recobraría su dignidad y su fuerza, sino poniéndose en pie para luchar ella sola, tras hallar dentro de sí las energías para proclamar que no seguiría siendo víctima de su abuelo. Al término de uno de nuestros diálogos, la desafié con la siguiente batería de preguntas:
· ¿No has pensado que merecías entonces algo mucho mejor para ti, y sigues mereciéndolo ahora?
· ¿Y si te equivocaste, y la culpa no fue tuya?
· ¿Y si tu madre no te creyó ni te protegió sencillamente porque era una mujer demasiado débil?
· Tal vez no sea demasiado tarde. Tal vez el cambio está ahí, al alcance de la mano.
· ¿No crees que has sido tú misma, y no él, quien te ha retenido tantos años en esa prisión?
· ¿Qué pasaría si resultase que la cerradura de esa habitación oscura y fría se abriese por dentro y no por fuera?
· ¿Y si yo te dijera ahora mismo lo que tienes que hacer para ser libre? ¿Lo harías por mucho miedo que te diese y aunque te pareciese muy peligroso?
Estas preguntas la trastornaron visiblemente, pero pude notar que divisaba un atisbo de esperanza: ?Quizá? sólo quizá?? La realidad se asomaba a sus percepciones. Tendría que enfrentarse a la posibilidad de que fuese ella misma la dueña de la llave de su prisión, por lo que sólo ella estaba en condiciones de abrirla. Mi estrategia de ahí, desearía reivindicar su derecho a vivir con dignidad y respeto. Jennie luchó con uñas y dientes durante seis largos y difíciles días. Se abrió una ventana en la pared de una prisión. Yo rezaba para que no volviese a cerrarse.
Le hice entonces una pregunta muy importante:
¿Estás harta de todo eso, harta a tal punto que te rebelarás ahora mismo y reclamarás tu derecho a una vida mejor? ¿No importa lo que haya que afrontar ni lo que sea preciso hacer? ¿Querrás perseverar?
Jennie temblaba y sollozaba, el semblante anegado en lágrimas, pero por primera vez me miró a la cara y replicó:
Si es verdad que ha llegado por fin mi hora, si por fin me toca a mí, lo quiero, ¡y que sea pronto!
Todos los demás participantes en el seminario fueron testigos de esta evolución. Sin que Jennie lo supiera, recluté un voluntario cuya descripción física encajaba con la que ella había dado de su abuelo, gafas de montura negra incluidas. También sin que lo supiera Jennie, lo coloqué a espaldas de ella. Entonces le dije:
Si estás harta de esto, si no quieres seguir siendo una prisionera ni un minuto más, entonces dile ahora mismo todo lo que te hizo.
Y la obligué a volverse.
Sería difícil describir la intensidad del desahogo emocional que sobrevino entonces. Treinta años de dolor, odio y rabia contenida estallaron entre gritos.
¡Hijo de perra! Yo era sólo una niña. Me rompiste el corazón y me quitaste la inocencia. Eres un cerdo cobarde y repugnante. Te culpo. Ya no puedes hacerme ningún daño. Nunca más dejaré que me influyas. No seré más tu prisionera. No me sentiré sucia ni humillada ni un solo día más de mi vida. El pecado fue tuyo, no mío. ¿Me oyes? ¡No mío! ¿Me oyes? ¡Demasiado tiempo he pagado! Dios sabe que he pagado y que soy una mujer limpia y honrada.
Él le había robado la felicidad en su matrimonio, la dignidad e incluso su propio ser. Pero al fin Jennie reconocía estas verdades y colocaba la responsabilidad en su lugar correspondiente. Pero también admitía que era suya la decisión final sobre el lugar que correspondiese en su vida a los actos del abuelo. Y se negó a seguir perpetuando aquella experiencia de culpabilidad y humillación.
En aquellos instantes breves pero críticos, pude presenciar otro testimonio de fuerza moral y valor, pues allí mismo Jennie perdonó a su abuelo, no por consideración hacia él sino para consigo misma. Lo perdonó a fin de poder olvidar sus propias cadenas.
Jennie pudo asumir este riesgo porque estaba auténtica y sinceramente dispuesta a cambiar. Lo asumió porque ya no le quedaba nada que perder. Ella misma se transportó hasta el punto de la disposición a cambiar y dio el paso que faltaba para reclamar su puesto en este mundo: ?Soy una mujer limpia y honrada?.
Este conmovedor encuentro ocurrió hace ahora poco más de diez años, pero la historia no termina aquí. Jennie me llamó recientemente para contarme que su marido había contraído una grave enfermedad y acababa de fallecer pocos días antes de la llamada. Dijo que la noche de su muerte la hizo prometer que me llamaría para darme las gracias. A solas en la habitación del hospital, la pareja cambió las que ellos sabían iban a ser las últimas y más sentidas palabras. Él le dio las gracias por haber compartido su vida y agregó:
Gracias por haber tenido valor para salir de tu encierro frío y oscuro, y por acudir a mis brazos y a mi corazón. Estos últimos diez años compartidos han hecho que valieran la pena los treinta años de espera.
Y todo empezó cuando Jennie decidió que no era demasiado tarde, que ella merecía mucho más de la vida y que no quería seguir negándoselo a sí misma. No era a mí a quien debía dar las gracias, sino a sí misma, por asumir su responsabilidad, por reconocer la ley número 2: Usted crea su propia experiencia. Jennie hizo valer sus derechos sobre su propia vida, ¿hará lo mismo usted?




que te puedo decir, no hay nada más cierto que lo que acabo de leer. Hace un tiempo ya que me asumo responsable de lo que soy, siento y tengo. Hace rato que dejé de ser victima y te puedo jurar que la vida cambia en cuanto eres capaz de hacerte cargo. Ese es el gran problema, no nos hacemos cargo de nada, todo lo peloteamos e intentamos que otros carguen con el peso, por lo menos a nuestros ojos.
Nada más, sólo gracias, gracias por mostrarme que tan equivocado no estoy.
Saludos,